17/05/2007

Hay una casa llena de gente.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Bailan, se quejan, gritan, ríen, cocinan, abrazan, ayudan, lloran, hablan, juegan, remiendan, lavan, abren las ventanas, suben el volumen, lo bajan, ponen velas, meditan, celebran, se encierran, comen, escuchan.

Hay tres en la sala despatarrados en los sillones blancos, dos en el cuarto tomando mate antes que se enfríe el agua en el termo de plástico, uno en el baño-sauna que empaña el espejo cuando abren la ducha, y grita ¡Agua! cuando alguien abre en la cocina. Otros dos deben estar afuera, trabajando, o pasando la noche en esta ciudad que duerme de día. Volverán más tarde a poner música alto, a comerse las sobras de arroz en la nevera, a dormir hasta el mediodía. A buscarse la vida, como casi todos aquí, que buscamos la vida antes que nos encuentre la muerte.

1 comentario:

pastor dijo...

Impecable descripción del transcurso de la vida en la gran urbe. Todo indica que la existencia exige más intensidad en esa parte del planeta, y se invierte un poco el manejo del tiempo, ya que aquí, con algunas excepciones, la ciudad tiende a estar activa en el día y dejar la noche para el descanso. Hay que admitir que un ingrediente es la inseguridad. Qué tan segura es Buenos Aires después de las 7?, porque aquí no se podría estar seguro y eso ayuda a que la tranquilidad de la noche sólo sea interrumpida por despistados borrachines. La vida es dura.